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Dios, no me dejes aferrarme a lo que me aleja de tu gracia ¡Amén!

Querido Dios, ¡en este mundo es tan fácil aferrarse a cualquier cosa! A veces no tiene sentido cuando reflexiono en qué es lo que me molesta o me hace sentir mal, pues encuentro que son trivialidades. Pero me siento mal con frecuencia porque recibo tantos estímulos visuales y auditivos que me hablan de felicidad, que siento que en realidad yo no tengo nada de eso.

Básicamente, todos los medios de comunicación me dicen que la felicidad está en poseer cada vez más cosas, no he terminado de pagar el celular cuando ya han salido tres versiones diferentes. Entonces, me hacen sentir como que no estoy a la altura de lo que este mundo llama felicidad.

Todo mundo está persiguiendo lo mismo, esa felicidad que da la estabilidad económica, una relación de ensueño que todos puedan envidiar en redes sociales, una familia modelo. Cuando pintan todo este cuadro tan perfecto, corro como todos para alcanzarlo, me esfuerzo como todos, pero me encuentro insuficiente.

Entonces recuerdo que tú dices que tu Reino no es de este mundo, que cualquier cosa que prometa este mundo es solo una ilusión y que lo que debemos cultivar son las riquezas de los cielos, no las de la Tierra. Porque este mundo será destruido, así como este cuerpo que habito se convertirá en polvo, y ni yo podré disfrutar de las riquezas que genere aquí a perpetuidad, ni ellas permanecerán por mucho tiempo.

Reflexiono en que un hombre que haya sido medianamente rico hace tan solo un siglo, tal vez no podría comprar una casa pequeña en el presente con su dinero devaluado. Y así son las cosas de este mundo, por majestuosas que parezcan, tienen un brillo temporal, están destinadas a perecer.

Sin embargo, no dejo de desear verdaderamente poder tener una vida buena en este mundo. Hay días en los que me levando con la disposición de buscar primeramente tu Reino y tu Justicia, pero luego al día siguiente mi alma quiere más bien perseguir las señales y buscar la añadidura. Entonces ¿qué hago? Nuevamente me presento delante de ti, ayúdame a no aferrarme y a buscar tu Reino. Ayúdame a ponerte en el centro de mi corazón y que toda aflicción, temor y angustia sean disipados.

Señor, transforma mi mente y por favor lléname de tu entendimiento, para que yo pueda comprender cuál es tu propósito y cuál es la riqueza que predestinaste para mí. No quiero sentir más angustia, estrés o llenarme de soberbia, quiero tener un corazón humilde y dispuesto para que tú obres en mí. Hazme un instrumento de tu paz y de tu amor y que yo pueda impartir lo que tú enseñes a mi corazón. Querido Dios, gracias por tener memoria de mí y porque sé que estás conmigo, ¡Amén!

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