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¡Que Dios te proteja, bendiga y te guarde hoy, mañana y para siempre!

¡Que Dios te proteja, bendiga y te guarde hoy, mañana y para siempre!

Que Dios te proteja, te bendiga y te guarde todos los días, que derrame sobre ti bendiciones que te persigan donde quiera que vayas y te encuentren, te sorprendan y te llenen de alegría. Que la luz de Dios alumbre tu corazón y tus pensamientos, y que cuando llegue el día malo, tú encuentres consuelo, ayuda y liberación.

¿Por qué es tan fácil para nosotros maldecir y tan difícil enviar palabras de maldición a nuestros seres queridos? A menudo, es más probable que de nuestra boca salga una palabrota en medio del enojo, que una bendición y una palabra de paz.

Maldecir no es bueno, y aunque probablemente pienses que maldecir es textualmente decir “te maldigo” o “maldito seas”, la verdad es que esta palabra significa “decir mal”, es decir, pronunciar palabras que desean o expresan maldad. Cuando decimos malas palabras dirigidas hacia una persona, le estamos maldiciendo. Del mismo modo, cuando lanzamos palabras negativas y que generan sentencia en la vida de una persona, también estamos maldiciendo.

Cuando dices cosas terribles como “no sirves para nada”, “eres un inútil”, “eres un flojo” o “por eso no prosperas”, no solo estás recriminando a una persona, la estás maldiciendo. Antes, lo sabio es tener en los labios a pesar del enojo una palabra sazonada, de buen gusto, que esparza vida y no muerte. Claramente hablamos de una bendición.

Permite que tus labios se conviertan en una fuente de bendición

Cambiar el lenguaje no es fácil, sobre todo si hemos crecido en un hogar donde solo escuchábamos malas palabras, palabras de miseria, abuso y manipulación. Pero notarás que cuando tu lenguaje cambia, lo hace en sintonía con tu mente y esto te permite vivir una vida más plena.

Jesús dijo que lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca, sino lo que sale de ella porque esto revela lo que hay realmente en su corazón. Si eres una persona que maldice (habla mal) todo el tiempo a los demás y solo hablas de escasez, de pleitos y de problemas, todo esto revela de qué están llenos tu corazón y tus pensamientos.

Por tanto, es bueno que tomes consciencia del lenguaje que usas en tu vida cotidiana, que refrenes tu lengua tanto como puedas y dejes que de tus labios salgan las más finas bendiciones para quienes te rodean. Sé cuidadoso con tu hablar, omite palabras dañinas y cultiva las palabras de bendición.

El bendecir no tiene por qué ser un hábito religioso, es más bien un hábito de una persona que tiene una vida bien llevada y que saca de la abundancia de su corazón las mejores cosas. En adelante, intenta lanzar menos juicios, menos sentencias, y más bendiciones. De los que maquinan cosas contra ti, Dios se encargará, mientras tanto, bendice sin cesar a todos los que te rodean y conviértete en un agente transformador de paz. Porque la paz sigue a los que creen y hablan justicia (no juicios).

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